El propósito, un factor determinante en tu bienestar psicológico
Durante mucho tiempo hemos intentado explicar el bienestar psicológico desde fuera: mejores condiciones, más recursos, más opciones, más estímulos. Sin embargo, una y otra vez la experiencia —y la evidencia— nos devuelven a un punto mucho más íntimo y profundo: las personas no enfermamos solo por lo que nos falta, sino por lo que deja de tener sentido.
El bienestar no se sostiene únicamente en la ausencia de malestar, se sostiene, sobre todo, en la presencia de un para qué que dé sentido a nuestras vidas.
Vivir no es solo estar vivo
Podemos tener una vida razonablemente cómoda y, aun así, sentirnos vacíos. Podemos cumplir objetivos, avanzar profesionalmente y acumular logros, y sin embargo experimentar una sensación persistente de desconexión interna. Cuando esto ocurre, no suele tratarse de un problema de capacidades ni de circunstancias externas, sino de algo más silencioso y profundo: la pérdida de conexión con el propósito.
El propósito no es una meta concreta ni un plan detallado. Es una dirección interna, una brújula que orienta nuestras decisiones, da coherencia a nuestras acciones y nos permite integrar el esfuerzo, el dolor y la incertidumbre dentro de un marco de significado.
El sentido como necesidad psicológica
Desde la psicología existencial, Viktor Frankl fue uno de los primeros en señalar algo que hoy resulta difícil de ignorar: el ser humano puede soportar casi cualquier circunstancia si encuentra un sentido que la sostenga. Su propuesta, conocida como logoterapia, parte de una idea sencilla y radical a la vez: la motivación primaria del ser humano no es el placer ni el poder, sino la búsqueda de sentido.
Cuando esa búsqueda se ve frustrada, aparecen formas de malestar que no siempre se explican por factores clínicos tradicionales: apatía, desmotivación crónica, vacío existencial, sensación de estar viviendo en automático. No es que la persona no pueda más; es que ya no sabe para qué seguir esforzándose.
El sentido no elimina el sufrimiento, pero lo transforma. Lo vuelve habitable. Lo integra dentro de una narrativa mayor donde el dolor no es inútil y el esfuerzo no es absurdo.
Ikigai: la intersección que da vida
Desde otra cultura, con un lenguaje distinto pero una intuición muy similar, el concepto japonés de ikigai nos invita a reflexionar sobre aquello que hace que la vida merezca ser vivida. No como una promesa grandiosa, sino como una convergencia delicada entre lo que somos, lo que hacemos, lo que el mundo necesita y aquello que nos permite sostenernos.
El ikigai no se descubre de golpe ni se impone desde fuera. Se cultiva. Requiere escucha, paciencia y una relación honesta con uno mismo. No siempre coincide con una profesión ni con una vocación idealizada. A veces se manifiesta en pequeñas contribuciones cotidianas que, al ser comprendidas desde un lugar más amplio, adquieren un valor profundo.
Propósito y trascendencia
Tener un propósito no significa vivir para algo abstracto o lejano. Significa que nuestras acciones, incluso las más simples, están conectadas con algo que nos trasciende. Trascender no es desaparecer; es salir del encierro del yo y sentir que lo que hacemos importa más allá de la satisfacción inmediata.
Cuando una persona conecta con su propósito:
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El esfuerzo pesa menos,
- La autoestima se fortalece,
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La frustración se vuelve más tolerable,
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El cansancio no se convierte tan fácilmente en desgaste,
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La adversidad deja de vivirse únicamente como una amenaza.
No porque la vida se vuelva más fácil, sino porque se vuelve más significativa.
El impacto en el bienestar psicológico
La conexión con el propósito actúa como una raíz profunda. No siempre se ve, pero sostiene. En momentos de estabilidad, orienta y en momentos de crisis, ancla. Las personas con un sentido claro no son inmunes al sufrimiento, pero suelen mostrar mayor resiliencia, coherencia interna y capacidad para atravesar etapas difíciles sin perderse por completo.
Cuando el propósito falta, incluso los entornos más favorables pueden resultar insuficientes. Cuando está presente, incluso en contextos inciertos, la persona encuentra un suelo interno desde el que sostenerse.
Cerrar el círculo
Quizá la pregunta no sea cómo alcanzar una vida perfecta, sino cómo vivir una vida con sentido. No una vida libre de dolor, sino una vida donde el dolor no sea estéril. No una vida de éxito constante, sino una vida que, incluso en la imperfección, tenga coherencia.
Conectar con el propósito no es un lujo ni una moda. Es una necesidad psicológica profunda. Una raíz invisible que, cuando está bien nutrida, permite que la persona crezca, se sostenga y, llegado el momento, trascienda.
Porque al final, el bienestar no se trata solo de sentirse bien, se trata de saber por qué seguimos adelante.
Para finalizar quiero compartir algo que siempre digo a mis alumnos: conectar con nuestro propósito y darle un sentido de transcendencia es un camino que nos acerca a la eternidad.
Kike Fuentes.
